Sonó el despertador, aunque no hubiera hecho falta, no había dormido en toda la noche. El día anterior fue de intensas emociones, el médico se lo había confirmado. Era una chica joven, 17 años, con toda una vida por delante. Preciosa. No hubiera necesitado maquillaje, pero las ojeras delataban su escaso descanso. Pese a ello iría más guapa que nunca. Se preparó para la cita. De camino al lugar de encuentro se fijaba en la gente, pero la gente en ella apenas lo hacía, salvo algún que otro hombre para admirar su belleza, aún así no podían notar nada. Su cabeza no paraba de pensar en la manera de darle la noticia. Tuvo que parar frente a un coche de lunas tintadas para en el reflejo comprobar si la lágrima que acababa de abandonarla había deteriorado el maquillaje. Por fin llegó. Él ya la estaba esperando. Guapo y discreto, como siempre. Las dudas sobre cómo comunicárselo desaparecieron al instante, esas serían sus primeras palabras, era lo mejor. A él la noticia le impactó, su rostro reflejaba incredulidad. No sabía qué hacer ni decir, pero tampoco le hizo falta pensar demasiado. Tenía un amigo médico en una clínica privada importante de la ciudad. Sacó una tarjeta que llevaba en el bolsillo, se la entregó. Aún estaban a tiempo. Ella no pudo contener las lágrimas, el dolor acababa de romperle el corazón. Echó a correr. No quiso ni decir adiós. En su regreso, el vehículo que le sirvió de espejo ya no estaba, pero no reparó en ese ínfimo detalle, no le hacía falta comprobar el estado del maquillaje. Su aspecto ya no importaba, era lo de menos. Se encerró en casa. No quiso saber nada de él. Necesitaba estar sola. Fueron días difíciles, pero pronto se rehizo. Tenía que luchar, ahora más que nunca. A su familia la noticia no les había inquietado menos, pero ellos estarían a su lado. Los meses siguientes los chequeos fueron constantes. Ella se encontraba bien, aunque alguna que otra vez tenía dolores y vómitos. Algo normal le habían indicado.
El invierno estaba siendo muy duro. Era víspera del Día de Reyes. Se encontraba realizando las compras de los últimos regalos de su lista en una de las muchas tiendas de un centro comercial. Repentinamente sintió un dolor tan intenso que le pareció podía morir allí mismo. La gente se arremolinó en torno a ella. La ambulancia no tardó en llegar, pero pese a su pronta actuación no creían llegarían al hospital a tiempo. De camino las sospechas se confirmaron. Había dado a luz allí mismo. Ese era su regalo. Le pareció el bebé más bonito del mundo. Cuando lo tuvo en sus brazos se sintió orgullosa. Él llevaría sus mismos apellidos.
viernes, 5 de enero de 2007
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