Las lágrimas me abandonan y en su descenso parecen surcar mi rostro en busca de un camino fácil ya que la huída es complicada, pero afortunadas ellas que dejan atrás estos sentimientos que mi corazón tendrá que soportar ahí en el lado izquierdo de mi pecho, tan solo y abandonado al que ni mi cerebro consuela ya, pues le sigue mandando pulsos para que continúe con su agonía, larga agonía. Podía ser condescendiente y practicarle una eutanasia rápida que acabara con su dolor. Las lágrimas tuvieron más suerte, fueron las primeras en abandonar el barco antes de su hundimiento. Ahora son náufragos en busca de tierra firme. Las habrá que encontrarán una isla en la que acomodarse, tal vez un pañuelo de papel al que transmitir la soledad, tristeza y desolación de los motivos que las obligaron a escapar antes de tiempo. Gran aliado ese pedazo de finas capas que da su vida para acoger el sufrimiento que las gotas saladas le ceden y llegado el momento no puede con tanto peso, acaba empapado, arrugado, consumido y sin más ayuda que poder otorgar es tirado y abandonado con tanta pena en su interior. Triste final para tan inocente y necesario trocito de papel que sin pedirnos nada a cambio estuvo dispuesto a consolarnos y ahora que se encuentra en problemas, en su peor momento, nos deshacemos de él y ni siquiera tenemos una palabra de agradecimiento para amigo tan grande en tamaño tan reducido, pero ese era su cometido, para eso lo queríamos, usar y tirar aún sabiendo que es necesario y algún día necesitaremos otro. Pese a todo se sentirá orgulloso de esa ayuda que nos prestó.
Gracias, mil gracias, por las veces que no lo hice antes y por las que no lo haga. Pese a todo siempre se puede contar con uno de ellos.
martes, 23 de enero de 2007
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