viernes, 23 de febrero de 2007

En el cine

Alguna frase de la película Mar adentro

"Mar adentro, mar adentro. Y en la ingravidez del fondo, donde se cumplen los sueños. Se unen tantas voluntades para cumplir un deseo. Un beso enciende la vida con un relámpago y un trueno. Y en una metamorfosis mi cuerpo no es ya mi cuerpo. Es como penetrar al centro del universo. El abrazo más pueril y el más puro de los besos, hasta vernos reducidos en un único deseo. Tu mirada y mi mirada como un eco repitiendo sin palabras: más adentro, más adentro. Hasta el más allá del todo por la sangre y por los huesos. Pero me despierto siempre y siempre quiero estar muerto. Para seguir con mi boca enredada en tus cabellos".

"Sólo hay una cosa peor que se te muera un hijo: que se te quiera morir"

martes, 20 de febrero de 2007

Distancia

En cierta ocasión leí una historia que relataba cómo dos personas que se querían tenían que separarse. Así de cruel es la vida en ocasiones. Habían sido todo el uno para el otro. Extraños, conocidos, confidentes, amantes, amigos. Ahora la distancia sería difícil de llevar. Acordaron una manera para que aún estando lejos si se necesitaban en cualquier momento se sintieran unidos de nuevo. Eligieron una estrella. La más brillante de todas, que no la más hermosa pues esa era difícil elección. Así cuando alguno de ellos tuviera un momento de tristeza, melancolía, abatimiento… sólo tendría que salir a contemplar el firmamento y buscarla allí arriba, esperándole. El otro haría lo mismo, y la magia se encargaría del resto, los juntaría de nuevo fuera cual fuera la distancia.

Yo contigo no pacté nada, pero cada noche saldré en búsqueda de la estrella deseando que tú, estés donde estés, hagas lo mismo y la distancia que nos separa desaparezca. Te añoro.

miércoles, 14 de febrero de 2007

martes, 13 de febrero de 2007

Cupido

Cupido existe. Por lo menos he sentido su flechazo. Esto no quiere decir que esté contento con él, pero tampoco enfadado, aunque en estos tiempos que corren fácil sería ponerle una demanda. Conmigo cometió un error, me disparó a mi primero. Aún así le he perdonado pues sé del motivo por el cual no pudo alcanzar con su flecha a la persona por mi deseada. Fue por su hermosura y al igual que le ocurrió con Psique no pudo permitir que su amor fuera para el más horrendo de los monstruos, aunque esta vez no fuera encargo de Venus. Aún estoy intentando sacar la flecha, pero creo que desistiré de hacerlo. Más miedo tengo a la cicatriz que su extracción pueda producir, que a seguir enamorado de la más preciosa e increíble de las mortales que nunca pude imaginar, a pesar que ni de su belleza ni de su compañía podré volver a disfrutar. Confiando que algún día los dioses me ayuden aunque piense que deben estar locos.



Fábula de Cupido y Psique:

“En una ciudad de Grecia había un rey y una reina que tenían tres hijas. Las dos primeras eran hermosas. Para ensalzar la belleza de la tercera, llamada Psique, no es posible hallar palabras en el lenguaje humano. Tan hermosa era que sus conciudadanos, y un buen número de extranjeros, acudían a admirarla. Incluso dieron en compararla a la propia Venus, y no advirtieron que, al descuidar los ritos debidos a esta diosa, tal vez estaban atrayendo sobre la bella y bondadosa joven un destino funesto.
Venus, la diosa que está en el origen de todos los seres, herida en su orgullo, encargó a su hijo Cupido: “Haz que Psique se inflame de amor por el más horrendo de los monstruos” y, dicho esto, se sumergió en el mar con su cortejo de nereidas y delfines.
Psique, con el correr del tiempo, fue conociendo el precio amargo de su hermosura. Sus hermanas mayores se habían casado ya, pero nadie se había atrevido a pedir su mano: al fin y al cabo, la admiración es vecina del temor… Sus padres consultaron entonces al oráculo: “A lo más alto contestó: la llevarás del monte, donde la desposará un ser ante el que tiembla el mismo Júpiter”. El corazón de los reyes se heló, y donde antes hubo loas, todo fueron lágrimas por la suerte fatal de la bella Psique. Ella, sin embargo, avanzó decidida al encuentro de la desdicha. Sobre un lecho de roca quedó muerta de miedo Psique, en lo alto del monte, mientras el fúnebre cortejo nupcial se retiraba. En estas que se levantó un viento, se la llevó en volandas y la depositó suavemente en una pradera cuajada en flor. Tras el estupor inicial Psique se adormeció.
Al despertar, la joven vio junto al prado una fuente, y más allá un palacio. Entró en él y quedó asombrada por la factura del edificio y sus estancias; su asombro creció cuando unas voces angélicas la invitaron a comer de espléndidos platos y a acostarse en un lecho. Cayó entonces la noche, y en la oscuridad sintió Psique un rumor. Pronto supo que su secreto marido se había deslizado junto a ella. La hizo suya, y partió antes del amanecer. Pasaron los días por la soledad de Psique, y con ellos sus noches de placer. En una ocasión su desconocido marido le advirtió: “Psique, tus hermanas querrán perderte y acabar con nuestra dicha”. “Mas añoro mucho su compañía ­dijo ella entre sollozos­. Te amo apasionadamente, pero querría ver de nuevo a los de mi sangre”. “Sea “, contestó el marido, y al amanecer se escurrió una vez más de entre sus brazos. De día aparecieron junto a palacio sus hermanas y le preguntaron, envidiosas, quién era su rico marido. Ella titubeó, dijo que un apuesto joven que ese día andaba de caza y, para callar su curiosidad, las colmó de joyas. Poco antes de que anocheciera, Psique tranquilizó a sus hermanas y las despidió hasta otra ocasión.
Con el tiempo, y como no podía ser de otra forma, Psique quedó encinta. Pidió entonces a su marido que hiciera llegar a sus hermanas de nuevo, ya que quería compartir con ellas su alegría. Él rezongó pero, tras cruzar parecidas razones, acabó accediendo. Al día siguiente llegaron junto a palacio sus hermanas. Felicitaron a Psique, la llenaron de besos y de nuevo le preguntaron por su marido. “Está de viaje, es un rico mercader, y a pesar de su avanzada edad…” Psique se sonrojó, bajó la cabeza y acabó reconociendo lo poco que conocía de él, aparte de la dulzura de su voz y la humedad de sus besos… “Tiene que ser un monstruo “, dijeron ellas, aparentemente horrorizadas, “la serpiente de la que nos han hablado. Has de hacer, Psique, lo que te digamos o acabará por devorarte”. Y la ingenua Psique asintió. “Cuando esté dormido ­dijeron las hermanas­, coge una lámpara y este cuchillo y córtale la cabeza”. Enseguida partieron, y dejaron sumida a Psique en un mar de turbaciones. Pero cayó la noche, llegó con ella el amor que acostumbraba y, tras el amor, el sueño. La curiosidad y el miedo tiraban de Psique, que se revolvía entre las sábanas. Decidida a enfrentar al destino, sacó por fin de bajo la cama el cuchillo y una lámpara de aceite. La encendió y la acercó despacio al rostro de su amor dormido. Era… el propio dios Cupido, joven y esplendoroso: unos mechones dorados acariciaban sus mejillas, en el suelo el carcaj con sus flechas. La propia lámpara se avivó de admiración; la lámpara, sí, y una gota encendida de su aceite cayó sobre el hombro del dios, que despertó sobresaltado. Al ver traicionada su confianza, Cupido se arrancó de los brazos de su amada y se alejó mudo y pesaroso. En la distancia se volvió y dijo a Psique: “Llora, sí. Yo desobedecí a mi madre Venus desposándote. Me ordenó que te venciera de amor por el más miserable de los hombres, y aquí me ves. No pude yo resistirme a tu hermosura. Y te amé… Que te amé, tú lo sabes. Ahora el castigo a tu traición será perderme”. Y dicho esto se fue.
Quedó Psique desolada y se dedicó a vagar por el mundo buscando recuperar, inútilmente, el favor de los dioses: la cólera de Venus la perseguía. La diosa finalmente dio con ella, menospreció el embarazo de la joven, le dio unos cuantos sopapos y la encerró con sus sirvientas Soledad y Tristeza.
El caso es que Venus decidió someter a Psique a varias pruebas, convencida de que no podría superarlas; mas acudieron en ayuda de la joven las compasivas hormigas, las cañas de los ríos y las aves del cielo. La última prueba, en cambio, fue la más terrible: Psique bajó a los infiernos en busca de una cajita que contenía hermosura divina. En el camino de regreso, sin embargo, quiso ella misma ponerse un poco y, al abrir la caja, un sueño insoportable se abatió sobre ella. Y habría muerto, de no ser porque Cupido, su loco enamorado, acudió a despertarla: “Lleva rápidamente la cajita a mi madre, que yo intentaré arreglarlo todo” dijo, y se fue volando.
En la morada de los dioses, a petición de Cupido, Zeus determinó que los amantes podían vivir juntos. Así que Hermes raptó a Psique y la llevó al cielo, donde se hizo inmortal. Y fueron juntos felices Cupido y Psique y a su debido tiempo tuvieron una niña a la que en la tierra llamamos Voluptuosidad”.



Pertenece a “La metamorfosis o El asno de oro” de Apuleyo.



viernes, 9 de febrero de 2007

Vacío

Las lágrimas se empeñan en partir
y evidencian este vacío sin ti.
No ha pasado ni una semana
y he perdido una vida entera.

martes, 6 de febrero de 2007

Triste final

Esta historia es muy cercana, y he querido ser fiel al día que la escribí y como tal publicarla, aún sabiendo que es difícil y que ni el tiempo ni el destino los volverá a juntar.
Pese a todo la esperanza es lo último que se pierde.


Hay veces que el destino nos depara lo que menos podemos esperar. En esta historia cómo una pancreatitis aguda y el comienzo de unas prácticas de enfermería hizo que dos personas se conocieran. Ese fue el inicio de una hermosa amistad, que tuvo su primera conversación en la sala de TV de la planta baja derecha y no porque quisieran ver la tele, que permaneció apagada, sino porque aquellas almas estaban destinadas a ayudarse.
Los encuentros continuaron, eso si a través de las nuevas tecnologías que tanto ayudan a mantener el contacto, pero un contacto algo engañoso, pues no tiene el aura del encuentro cara a cara y del cruce de miradas, uno de los momentos más intensos que por mucho que avancen los tiempos será insustituible. A pesar de todo fue una amistad sincera y pura, basada en la confianza mutua; se contaron mucho, se contaron todo. Demasiado bonito para ser cierto, y como nada es perfecto alguien tuvo que equivocarse y a veces enamorarse es el mayor error, sobre todo cuando la persona que ama no está preparada para hacerlo, no es correspondido y realmente no lo supera, y consigue que la amistad se vaya apagando hasta hacerse la oscuridad.
Ellos estén donde estén han llorado demasiado por ello, y aunque llorar es bueno en ocasiones, al fin y al cabo es lo primero que hacemos al nacer, duele. Cuando se llora lo de menos son las lágrimas, lo importante es el sentimiento que va por dentro y en este caso era mucho por ambas partes, pues hubo un cariño especial y siempre lo habrá; no me cabe la menor duda que ambos se llevarán en el corazón toda la vida. Siempre quedarán los recuerdos aunque supongan dolor y llanto.
¿Podrá el tiempo volverlos a juntar y cambiar el final de esta historia? Eso es cosa del destino, el mismo que un día ya unió sus caminos, pero ahora mismo sólo se puede decir:
“Triste final para una historia tan bonita, sincera y pura. Un beso, un abrazo, un adiós y muchas lágrimas”.


Como canta Orozco tengo tres corazones, tres corazones, en mi caso el mío y los de ellos dos aunque ya no dan tirones, o sí?.

Mi último guiño para esa persona tan especial:
“No llores más preciosa mia”.

Suerte para ambos.